Cuando el agua baja roja después de las lluvias del norte, las voces de los viejos pobladores cantan: “Ahí vuelve a sangrar el Bermejo.” Pilcomayo y Bermejo. Dos ríos que arrastran historias, leyendas y sueños antiguos. Ríos que, según esas historias, nacieron de sangre y lágrimas. Dos ríos que marcan el ritmo en las comunidades del norte argentino. Camino y sustento para los pescadores; seres vivos con memoria para los ancianos indígenas. Dos ríos responsables de miles de sonrisas y cientos de lágrimas.

El origen de los ríos
Cuenta la leyenda que mucho tiempo antes de que el Chaco tuviera fronteras, vivían allí dos hermanos inseparables. Hasta que llegó la pelea. En medio del combate, Michiveva hirió a su hermano de muerte. La sangre de Tuvichavé cayó sobre la tierra reseca y empezó a correr, espesa y roja, abriéndose camino entre raíces y barro. Corrió durante días, arrastrando arcilla, hasta convertirse en un río turbulento: el Bermejo. Su nombre resuena en el eco de los guerreros que alguna vez recorrieron sus orillas. Teuco, Ypitá: el río grande, el río colorado.

El hermano que sobrevivió comprendió demasiado tarde lo que había hecho. Entonces se sentó junto al cuerpo y lloró durante noches enteras. Sus lágrimas formaron arroyos, bañados y finalmente otro río, más errante y triste, que desaparecía y volvía a aparecer entre los esteros: el Pilcomayo. A veces manso y silencioso, otras bravo y desbordado. El río cambia de rostro igual que cambia de nombre en las voces de quienes habitan sus márgenes. Tewok, Araguay, Pilmayqu: el río de los pájaros.
El río Pilcomayo. El río indomable
Las inundaciones del Río Pilcomayo son uno de los fenómenos naturales más importantes y característicos del Gran Chaco. Este río nace en los Andes de Bolivia y desciende hacia las llanuras de Paraguay y Argentina, llevando enormes cantidades de agua y sedimentos. Los sedimentos se acumulan en el cauce y hacen que el río cambie constantemente de recorrido.

Estos cambios le han valido los poéticos nombres de “río viajero” o o “río errante”, pero también dificultan las previsiones y la respuesta ante sus crecidas. Os cuento mi experiencia en las inundaciones de 2025 en Santa Victoria en este post: Río Pilcomayo: el río indomable.
El río Bermejo. El río desobediente
Otra leyenda aborigen indica que el color del Bermejo proviene de la sangre de los corazones desobedientes. Un río paganamente sagrado. Un río que siempre supo defender sus identidades, supo que era un dios río, un río de idiomas y culturas que no separan lo escrito de lo oral, el pensamiento del canto, la naturaleza de lo humano.
Sus aguas han aprendido a convivir con los antiguos espíritus de los pueblos wichí, pilagá, nivaclé, toba y chorote. En sus remansos habita Chiláj, el Señor del Agua, quien enseñó a los hombres el arte de la pesca con arco y flecha. También nada en sus profundidades Achaj, el padre de los peces, cuyo cuerpo adopta la forma majestuosa del dorado. Y cuando las tormentas oscurecen el cielo chaqueño, aparece Iwun Chock, la lluvia, que desciende bajo la figura de un oso hormiguero; entonces los chamanes wichí deben devolverlo al firmamento para evitar que su permanencia sobre la tierra provoque una larga sequía.
Visita a la familia Illesca
Durante una de las visitas domiciliarias con el equipo de Pata Pila, me fijo en las redes tendidas en el patio. José Illesca es uno de los pocos pescadores wichí que quedan en San Juan. Continúa una tradición heredada de sus padres y abuelos. Un oficio que su hijo ya está aprendiendo.

Mientras atendemos a los chicos, José conversa con Héctor en el patio. Me acerco a interesarme por las redes y su trabajo de pescadores. Me cuentan que están integrados dentro de la Asociación de Pescadores Indígenas del Río Bermejo (APIRB) y están trabajando junto a Fundapaz para renovar sus permisos de pesca artesanal. Desde que falleció su presidente están teniendo problemas con la burocracia.

Antes de irnos Dani y Nayelen nos muestran algunas de las capturas de hoy. Me despido con el deseo de conocer más sobre el arte de la pesca y programamos una salida para mi próxima visita.

Un día de pesca en el Bermejo
El día comienza al amanecer en casa de los Illesca Nazareno. Las gallinas picotean alrededor de las redes mientras las hijas de Dani y José observan todo con curiosidad.


Héctor Fortunato Torres
Héctor es el encargado de hacer el flete de las embarcaciones hasta la orilla del Río. –Soy mataco viejo y solo me dedico al transporte –me dice – José y Pablo llevan toda la vida en el río. Sus abuelos ya eran pescadores y ellos continúan. Los hermanos de Pablo también son pescadores y el mayor es el dueño de “El Mirador”, el restaurante junto al puente de La Quena.– Continúa. Unas semanas antes estuvimos comiendo precisamente en ese restaurante. Deliciosos su sábalo, el pacú y la milanesa de surubí.
Nosotras también observamos con curiosidad. Nos gustaría echar una mano, pero no sabemos muy bien qué hacer y tampoco nos lo permiten. Somos las invitadas. Una vez asegurada la chalana en el remolque nos dirigimos a casa de Luis para buscar la piragua. Allí se une también Hugo.

Ya estamos todos. Iniciamos el camino hacia Zanja del Tigre, atravesando el monte. La camioneta comienza a subir y los árboles nos rodean. El camino cada vez se hace más estrecho y comienzan las curvas. Le consulto a Héctor si es complicado manejar con el remolque por aquí y me dice que ya tiene experiencia, pero sabe que otros fleteros han tenido problemas e incluso alguna embarcación ha resultado dañada.
Durante el viaje nos hablan también de las hermanas Méndez, las únicas mujeres pescadoras de la zona. Su padre le enseñó todo lo que sabía y ellas siguen dedicándose a este arte. Este año ya no me da tiempo a conocerlas. Queda pendiente para la próxima visita.
La llegada al río
La llegada al río tampoco es fácil. El terreno es resbaloso y hay que salvar un importante desnivel. Los chicos ya están acostumbrados y lo solucionan rápido. Bajan con la piragua al hombro y utilizan palos redondeados para rodar la chalana, mucho más pesada.

El arte de la pesca
José y Hugo reman en su piragua leyendo los caminos del río, buscando el mejor lugar para echar las redes. Luis, Pablo, Jenny, Caro, Pau y yo les seguimos en la chalana de la familia Illesca, mucho más estable. El sol del Chaco brilla con toda su intensidad. Los chicos se cubren completamente para evitar sus rayos. Gorras, sombreros y protector solar hacen también su aparición en nuestro barco.

Han visto algo. José salta de la piragua red en mano y Hugo palea rápidamente hacia la orilla. La red se desenrolla suavemente formando un cerco que acorrala a los peces. Muchos intentan saltar fuera de la trampa. Algunos lo consiguen.


Pablo y Luis se unen a sus compañeros para tirar de las redes. Los plomos que las guían hasta el fondo son pesados y el esfuerzo se nota en cada uno de los gestos de los pescadores.



Y al final, hay recompensa
Todo este esfuerzo tiene su recompensa y al levantar las redes, aparecen los primeros sábalos. Los chicos golpean secamente a cada animal con una precisión impresionante para que dejen de sufrir y extraen todas las vísceras para evitar que empiecen a pudrirse.

Después, depositan los peces en el fondo de la chalana y los cubren con ramas de sauce empapadas en agua, perfectas para mantener el frío. Luis nos cuenta que cuando hacen salidas largas, hasta la zona de Hickman y Dragones, portan una nevera llena de hielo para mantener la pesca. Pueden estar hasta 4 días pescando y durmiendo bajo lonas hasta volver con su captura.




Sábalos del Bermejo
El sábalo es quizá el pez más noble de cuantos habitan en los grandes ríos del litoral. Su cuerpo plateado parece hecho para confundirse con la luz del río al atardecer. Nada en bancos inmensos, como si entendiera que la vida se sostiene mejor en comunidad.

El sábalo es un pez migrante. Cuando llegan las crecientes, asciende kilómetros y kilómetros río arriba obedeciendo un llamado antiguo, casi invisible. No pelea contra el río: conversa con él. Se deja llevar, resiste, vuelve. Los pescadores del litoral saben que donde hay sábalo hay vida. Alimenta al río entero.

Es una especie humilde y central, como esas personas que sostienen familias, pueblos o memorias sin pedir reconocimiento. Un pez sencillo viajando por ríos enormes, guiado apenas por la corriente y por una fidelidad misteriosa a su origen.
Volver a empezar
Una vez recogida la captura toca volver a empezar. Recoger las redes y acomodarlas cuidadosamente para poder volver a echarlas rápidamente tras localizar un nuevo banco de peces.




La hora del almuerzo
Tras varias paradas de pesca, llega la hora del almuerzo. Atracamos en una pequeña playa y los chicos comienzan a preparar la comida: toca probar algunos de esos sábalos recién conseguidos. Se reparten el trabajo y, mientras unos preparan el fuego, otros limpian y sazonan el pescado.



El resultado: uno de los mejores pescados que he comido en mi vida. Más fresco imposible. Aderezado con un poco de sal y limón. Cocinado a fuego lento, en la hoguera. Degustado sin cubiertos ni platos, entre charlas y risas. La guinda perfecta para un día de pesca en el Bermejo.


Tras la comida vienen a mi mente las palabras de Héctor en nuestro primer encuentro. “10 años más de vida vas a tener por comer pescado del Bermejo”. Otro de los refranes en el Chaco dice que “quien toma agua del Bermejo, siempre vuelve”. Que así sea.
Un merecido descanso
Antes de continuar nuestro camino, hacemos un pequeño parón. Unos minutos de merecido descanso para nuestros anfitriones.


Descenso del Bermejo
Continuamos nuestro camino hacia el puente de Embarcación disfrutando del paisaje. Embarcación. Un nombre que actúa como testimonio de una antigua esperanza: la de un Bermejo navegable, domesticado, que por momentos pareció posible… pero que siempre volvió a recordarle al hombre su propia fragilidad frente a su corriente indómita. El lugar fue literalmente un embarcadero, una frontera práctica entre lo que el río permitía y lo que la tierra continuaba.
Entre los siglos XIX y XX el Bermejo fue imaginado como una vía mayor, una arteria capaz de abrir el interior del Chaco al mundo. En sus crecidas, cuando el agua ganaba profundidad y el cauce parecía ceder por un instante, se aventuraron embarcaciones más grandes de lo habitual: pequeños vapores y barcos de carga que, con esfuerzo y fortuna, intentaban avanzar por un río que nunca terminaba de dejarse dominar.
Era una época de promesas fluviales, en la que se creía posible unir estos confines con el sistema del Paraguay y el Paraná, y convertir el Bermejo en una ruta viva de comercio y progreso. Pero el río, fiel a su naturaleza errante, respondía con bancos de arena móviles, cambios de cauce y crecientes súbitas que volvían incierta cada travesía.

San Roque y Francisco Morillo
Luis y Pablo nos explican que en las fiestas de San Roque se realiza una peregrinación náutica con un trayecto similar al nuestro. Decenas de embarcaciones acompañan a la principal, en cuya cubierta viaja la imagen del santo patrón de Embarcación.
A través del río llegó por primera vez también la tradición cristiana. En una frágil canoa de madera, un franciscano atravesó durante meses uno de los territorios más indómitos de Sudamérica. El Bermejo era entonces un río sin mapas fiables, sin puertos y sin certezas. Cada recodo podía esconder un banco de arena, una creciente repentina o el encuentro con una nación indígena desconocida. Francisco Morillo navegó ese mundo fronterizo convencido de que el río era mucho más que una corriente de agua: era la puerta de entrada al corazón del Chaco.
Morillo realizó esta expedición en 1780 y se considera una de las exploraciones más importantes del Bermejo. Además, dejó un valioso diario de viaje en el que relata sus 59 días de navegación, describe el río, sus habitantes y las expectativas coloniales sobre la navegación de esta vía fluvial.

Al igual que en la peregrinación de agosto, nuestro viaje finaliza en el puente cercano al paraje de la Quena. Descendemos en el patio de Pablo y nos despedimos de nuestros anfitriones para volver a casa. Un día para el recuerdo. Muchas gracias.
Hasta aquí el post de hoy. ¡Nos leemos en breve!

No está mal ser mi dueño otra vez, ni temer que el río sangre y calme al contarle mis plegarias
Zona de promesas. Mercedes Sosa y Gustavo Cerati
Esto te da para escribir un libro Patri! “Viajando por el mundo con Patri y sus experiencias para no olvidar”💫🫶💫🫶💫
Gracias por leerme Longi! La verdad es que gracias a decenas de personas maravillosas son un montón de experiencias increíbles las que voy coleccionando… ☺️