Mi momento preferido en Encarnación del Paraguay es sentarme sobre la arena, escuchar el sonido de las olas y esperar a que el sol caiga. Me imagino a orillas del mar. Pero no. Y es que aquí nada es lo que parece. El mar no es mar, la playa no es playa y Encarnación no es Encarnación. Bueno sí, pero no del todo.

Curiosamente, este lugar sí es lo que no parece: una ciudad fronteriza. Aún recuerdo la primera vez que puse los pies en territorio paraguayo. En Ciudad del Este el camino estaba iluminado por estridentes luces de neón. Avanzar requería sacar a relucir mi mejor slalom: esquivar personas, sortear montones de basura, abrirme paso entre vendedores que repetían sin descanso: “¡Compre! ¡Compre!”. El ruido constante de las bocinas marcaba el ritmo de cada paso. Nada de eso encontré en Encarnación. Más que una ciudad fronteriza, parecía un lugar de vacaciones.
El mar no es mar. Paraguay es uno de los pocos países del mundo sin salida al mar. Como Bolivia, depende de sus grandes ríos para comunicarse con el exterior. Las olas que llegan hasta la arena pertenecen en realidad al Paraná o, más exactamente, al enorme embalse creado por la represa hidroeléctrica de Yacyretá. Y la playa no es playa. Los 700 metros de fina arena que bordean el lago se pusieron allí de forma artificial en el año 2011.
La estación tampoco es la estación. El edificio que hoy se levanta frente a la costanera parece centenario, pero nació hace apenas unos años. Es una reconstrucción de la antigua terminal ferroviaria, desmontada durante la transformación urbana provocada por Yacyretá. Como la playa, también es una recreación. Un intento de conservar la memoria de una ciudad que ya no existe.

Lo que dejó de existir no fue solo un paisaje. La famosa “Zona Baja” y el casco histórico quedaron permanentemente bajo las aguas del río Paraná debido a la construcción de la represa. Se estima que entre 40.000 y 100.000 personas fueron desplazadas de sus hogares en ambas márgenes del río. Para muchos, el traslado significó mucho más que cambiar de casa. Supuso perder el río, el barrio, los vecinos y el oficio. Pescadores, oleros y pequeños comerciantes pasaron de vivir junto a su fuente de sustento a barrios periféricos donde el Paraná dejó de formar parte de la vida cotidiana.
Encarnación ganó una playa. Pero miles de personas perdieron la ciudad que conocían.
No todo tuvo que reinventarse. El molino sí es el molino.
Ya no muele trigo ni huele a harina, pero sigue en el mismo lugar.
Mientras casi toda la antigua Encarnación desapareció bajo el agua, él permanece como un testigo obstinado de la ciudad que existió antes de la costanera y de las playas artificiales. En su interior sobreviven fotografías, máquinas de escribir, trofeos deportivos y la vieja maquinaria con la que durante décadas se molió harina. Todo parece colocado como si alguien hubiera querido impedir que la ciudad terminara de desaparecer. De fondo suena un viejo tango. Después una guarania. Luego un chamamé. Varios tocadiscos y decenas de vinilos esperan pacientemente su turno.

En otro de esos guiños a la memoria, la tercera planta conserva el proyector y varias filas de butacas del antiguo Cine Terraza Imperial. Junto a ellas puede leerse un texto de Víctor Manuel González Aguirre (Vitino) que recuerda los bullicios de los niños, la Naranja Hrase y las tardes en las que todos querían ser el Llanero Solitario o el Zorro. La última frase resume toda una época: “Hoy, lastimosamente, terminó la función.”
Pensándolo bien, Encarnación nunca ha sido del todo Encarnación. Nació en la otra orilla del Paraná como una reducción jesuítica. Los ataques de los bandeirantes la obligaron a cruzar el río apenas unas décadas después de su fundación. Cuatro siglos más tarde, no volvió a cambiar de margen, pero sí de piel. La represa de Yacyretá inundó la vieja ciudad y levantó otra sobre su memoria. En ambos casos el río marcó el destino de Encarnación: primero como refugio, después como frontera entre el recuerdo y el olvido.

Hay otro edificio que ha sido testigo silencioso de todos estos cambios. La catedral sí es la catedral. Sigue ocupando el mismo lugar desde antes de que el Paraná se tragara la Zona Baja. Sus campanas ya sonaban cuando el tren llegaba a la estación, cuando el molino olía a harina y cuando la playa San José todavía no existía. Es uno de los pocos edificios que no tuvieron que reinventarse para seguir formando parte de Encarnación.
El sol termina de esconderse detrás del Paraná mientras escribo estas líneas. Quizá por eso Encarnación produce una sensación extraña. Todo parece haber estado siempre ahí: la playa, la costanera, la estación, el paseo junto al río. Pero basta rascar un poco para descubrir otra ciudad escondida bajo el agua, una ciudad que sigue viva en la memoria de quienes la habitaron.
Entonces comprendo que Encarnación no cambió de ciudad una sola vez. Lo hizo dos. Primero cruzó el río; después aprendió a vivir sobre su memoria.
