—¿Eres fotógrafa?
Dos veces me hicieron esa pregunta en las Visayas. Y sigo sin saber qué contestar. Quizá. Un poco. Más o menos. Sí.
Llamarme a mí misma fotógrafa se me hace un poco cuesta arriba. Pero hay algo que sí tengo claro: quiero compartir mi visión del mundo a través de la fotografía.
Sea como sea, aquí va un pequeño resumen de las historias que me encontré viajando por las Visayas.

Filipinas está formada por más de 7.000 islas y suele dividirse en tres grandes regiones: Luzón, las Visayas y Mindanao. La isla de Palawan pertenece administrativamente a Mimaropa, pero os contaré más sobre esta maravillosa isla en otro artículo.
Las Visayas ocupan la zona central del país y están compuestas por numerosas islas, entre ellas Cebú, Bohol, Panay, Negros, Leyte y Sámar.
Cebú y el eskrima
Mientras camino por los muros del fuerte San Pedro, tres chicas llaman mi atención. Dos de ellas giran luchando con palos de bambú, la tercera les graba. Me acerco a ellas para pedirles una foto. Son las primeras en este país que me hacen esa pregunta incómoda. Esa pregunta que no sé contestar: – ¿eres fotógrafa?– No. Bueno, si.– Las risas aparecen rápidamente. – ¿Viajas sola? ¡España! Yo también quiero ser médico.– La conversación se alarga. Es un gusto compartir experiencias con Aiyu, Pearl Joy y Mary Joy. ¡Espero que todos vuestros deseos se cumplan!

El eskrima, arnis o kali es un antiguo arte marcial filipino. Se trata de una de las grandes tradiciones de combate de este país y en Cebú nacieron algunas de sus escuelas más importantes. Golpes, bloqueos, giros y equilibrio. Sinawali.


Viajando en Jeepney
Walker Evans decía que el vagón del metro es el reflejo más honesto y puro de la sociedad de un país. Yo comparto totalmente ese pensamiento. Me encanta viajar en autobuses y trenes. Compartir el día a día de los habitantes de cada lugar. Siguiendo este principio, viajé de Cebú a Bohol en ferry y, una vez de nuevo en tierra firme, decidí utilizar un nuevo transporte público.
El jeepney. El alma rodante del país. Un vehículo híbrido: inspirado en la mecánica militar estadounidense, pero transformados por la inventiva filipina.



Viajar acompañada de niños y mayores, de enfermeros que regresan del trabajo y madres que vuelven del mercado. Bolsas de la compra, cajas y maletas. Estudiantes que se cuelgan de la parte trasera. Bancos supletorios que aparecen de la nada. Un viaje “apretado” pero muy divertido. La sorpresa al ver a una extranjera utilizando este tipo de vehículos se refleja en las caras de mis acompañantes. Algunos se atreven a preguntar. Otros solo miran. Muchos me recomiendan nuevos lugares para conocer.



Ecos del castellano
Mientras camino por Anda me cruzo con algunos niños jugando al fútbol –¿De dónde eres? ¿España? Wow! ¿Conoces a Lamin Yamal?– Casi sin dejarme contestar, continuan pisándose las preguntas. –A nosotros nos gusta el fútbol pero nos gusta más el baloncesto. – Al día siguiente Rey bromeará diciendo: “aunque somos bajitos, el baloncesto es el deporte principal en Filipinas”.
Poco después aparece de nuevo esa incómoda pregunta. ¿Eres fotógrafa? Si. No. Quizá. – ¿Puedes hacerme una foto?– Aquí está.

De fondo se escuchan distintas voces. Unas más afinadas que otras. Bon Jovi se entremezcla con Céline Dion. En cada casa hay un Karaoke. Según Rey a los filipinos les gusta cantar porque así se olvidan de los problemas. Pedro, mi guía en el ATV de las colinas de chocolate lo define así: en Filipinas hay problemas desde la mañana hasta la noche, pero los vamos llevando.
Amaral me cuenta que hoy es fiesta. Después comienza a explicarme que la “fiesta” es la celebración de un santo. Desconoce el origen español de esta palabra. Al igual que el transporte público, creo en el lenguaje como contador de historias. Me encanta que la palabra fiesta sea una de las que ha sobrevivido.

De generación en generación han pasado muchos nombres. En mi viaje conozco por ejemplo a Pedro, Rey, María y Antonio. En castellano se cuentan los números y se nombran los días de la semana. Al igual que los “minutos” en el lenguaje guaraní, aparecen las “oras” en bisaya. Esa manía nuestra de medir el tiempo. También es curioso el uso en español de sapatos, kutsara o kutsilyo. Probablemente todos ellos son nombres de objetos que no existían en estas islas antes de la llegada de los españoles.
Anda es la mejor base para recorrer la isla de Bohol. Desde allí llegué hasta la isla de Lamanok, las montañas de Alicia, las colinas de chocolate y las terrazas de arroz de Cadapdapan. Os contaré más sobre los paisajes y recomendaciones en mi post: Bohol en 5 días. Pero aquí he venido a contaros historias.
Justin y la isla de Lamanok
Los pescadores de Anda han creado una asociación para mostrar los misterios de la isla de Lamanok. Los misterios del primer lugar habitado en Bohol. Hacen esto de forma voluntaria y, a partir de las 5pm comienzan su jornada de pesca. “Tenemos que mantener a la familia”, me explican.
Justin rema en su Bangka hasta la orilla. Desde allí, caminamos entre rocas y árboles centenarios para descubrir los secretos de esta isla sagrada.

Durante mucho tiempo, las cuevas de Lamanok sirvieron de abrigo a pescadores y viajeros que eran sorprendidos por las tormentas del mar de Filipinas. En época de la Segunda Guerra Mundial esas mismas cuevas se convirtieron en refugio de numerosos japoneses que huían de las tropas americanas.
Lamanok significa pollo. Esta era la ofrenda que los chamanes llevaban a la isla durante las reuniones que juntaban a todos los sabios de la región. Una segunda ofrenda se entregaba a la entrada de la cueva sagrada. Tabaco, aguardiente, comida. La Pachamama, el Tío, los fetiches, Lamanok. América, África, Asia. Una vez más el sincretismo religioso atraviesa continentes.
Terrazas de arroz de Cadapdapan
En nuestro viaje a Candijay, Rey tiene que esforzarse para no pasar por encima de las lonas que ocupan la estrecha carretera. Kilos y kilos de arroz se secan bajo el sol. Muchos de los arrozales ya han sido cosechados. Otros aún colorean de verde las laderas de las colinas.

Camino a través de las terrazas junto a una de las guías del poblado. Soy incapaz de transcribir su nombre, pero os diré que está orgullosa de conocer a Alba Soler. Después del éxito en las redes sociales, la comunidad ha decidido organizarse para aprovechar el turismo en la región.

Nos cruzamos con hombres y mujeres se mueven de forma atareada. Cosechar, separar el grano, reutilizar los rastrojos. Un búfalo de agua acompaña a su dueño mientras otro descansa después del trabajo bien hecho. Pregunto antes de hacer las fotos y mi guía me dice que no hay problema pero que, en ocasiones, algunos escapan porque piensan que les vamos a preguntar algo y no van a saber responder. El turismo ha llegado a ellos, pero aún no se han acostumbrado.
Terrazas de arroz ifugao en Batad
Algo similar me pasó después en las terrazas de Batad, al norte de Manila. La gente me permitía sacarle fotos pero la vergüenza les llevaba a esconder la mirada.
Un buen amigo me sugiere que las terrazas inundadas le recuerdan a las piscinas en las salinas de Maras en Perú. Quizá también a Los travertinos de Pamukkale. Tan lejos y tan cerca. Distinto sitio, mismo lugar.



Muelle y mercado de Baclayon
En algunos lugares llevar la cámara en la mano puede ser un problema. La gente evita el contacto visual o escapa del objetivo. En Filipinas y sobre todo en Baclayon, ocurrió todo lo contrario.
En mi primer paseo por el muelle, varios grupos de adolescentes me pidieron que les retratara. Prometí colgarlas en instagram para que puedan verlas. Llegará. Algunos de ellos me contaron que estaban yendo a clases de fotografía. ¡Bravo!



Al día siguiente acudí al mercado a comprar un poco de fruta. Los mercados son otro de esos lugares perfectos para conocer la cultura local y también para hacer algunas fotos.

Atardecer en el muelle de Baclayon
Al atardecer, volví al muelle. Niños y mayores se divertían saltando al agua. Algunas imágenes me recordaron a los ghats de Varanasi. También a los mortales en la cueva Cabagnow de Anda. “Es el entretenimiento preferido de los adolescentes aquí” me había dicho entonces Rey.


Mi último día en Bohol me regaló también un atardecer perfecto. Las siluetas de los pescadores recortándose sobre el cielo anaranjado. Con las risas y los chapoteos de fondo. Un muelle lleno de vida.

Salamat Cebú. Salamat Bohol
Simone de Beauvoir escribió que Sartre solo quería conocer el mundo y expresarlo. Quizá ese deseo compartido me convierta en fotógrafa o escritora. Quizá solo en una soñadora aficionada.
Después de varios días compartiendo historias con los habitantes de Cebú y Bohol, Palawan me espera. Os cuento más en mi próximo post: “El galeón de Manila. Navegar en Filipinas”.
