”Y llega un instante en el que todas las voces se funden en una. Hace su aparición la Salamanca, las almas se unen y el momento se convierte en magia” nos cuenta Mabel mientras relata como la primera vez que agarró la caja apenas podía alzar la voz. “Las lágrimas corrían por mi cara. Sentía que mi abuela estaba conmigo”. Lloraba coplas.
No puedo asegurar que la Salamanca se hiciera presente en esta cuarta edición de Mirada Calchaquí. Pero sí estoy segura de que las coplas del Valle, la voz de Clara, el arte de Felicitas, los sabores de Elvira, Ale (y Jorge) y la presencia de Nico, Juan y Javi lograron que durante este fin de semana todos nos convirtiéramos en un único ser. En una mezcla de miradas distintas que por alquimia se volvieron oro.

Hilda Corimayo
Río de oro es el significado en quechua del apellido de Hilda: Corimayo. Descendiente de incas y diaguitas. Historia viva del lugar. Hilda nació en Cachi y se crío entre las montañas de los valles calchaquíes. A los 14 años se fue sola a estudiar a Buenos Aires, pero los valles la llamaban. Regresó, y en la década de los 90 se convirtió en la primera guía de alta montaña del departamento cacheño.
–Venían grupos de extranjeros para intentar coronar el Nevado y yo les acompañaba. Cuando me veían así chiquitita no se lo podían creer, pero era la única guía así que tenían que confiar en mi. Luego se daban cuenta de que podía subir mucho más rápido que ellos y que conocía este lugar como la palma de mi mano. Entonces ya se relajaban– me cuenta Hilda mientras caminamos entre los cientos de cardones de las Pailas. “Yo me críe aquí. Se encuentran restos arqueológicos de comunidades prehispánicas. Hace más de dos mil años este lugar ya estaba habitado. Es un pedacito de nuestra historia” continúa.

Al llegar la hora de la oración, esa en la que la luz empieza a caer y la silueta de los cerros se convierte en guardiana de nuestros pasos. Hilda saca su caja de la delicada bolsa que ha llevado en la mano durante todo el trayecto y entona una copla. ”Libre y solita en el abra de Acai”. Sus versos resuenan en mitad de la nada. La elección de la copla no es vana. La copla siempre es sentimiento y en ese sentimiento, Hilda a elegido hablar de libertad. Gracias.
Os invito a conocer más sobre su interesante historia en este reportaje de Guille y Ochentamundos. Y si vais a Cachi no dudéis en contratar sus servicios como guía. En la página web de turismo aparecen todos sus datos.
Lucas Cardozo
De ese sentimiento del que nacen las coplas nos habla también Lucas. Las coplas no se cantan. Las coplas se lloran, se ríen y se comparten. Porque la copla siempre es anónima, no tiene autor. Atahualpa Yupanqui fue quien puso el sello de que las coplas no tienen dueño. Es un canto popular.” Nos cuenta después de entonar algunas tonadas de su repertorio. “La copla literalmente es un desahogo. Puede ser una copla triste, alegre, picaresca…”

–Yo vivo en Cachi y soy veterinario de profesión. Voy a vacunar al medio del cerro y hay gente que tiene su caja y sale a la soledad a cantar. Van haciendo coplas mientras caminan– relata Lucas junto al fuego. –Mi sueño siempre fue volver a traer a mi abuela al valle porque en Carnaval me maravillo de la cantidad de personas añosas, muy viejas e incluso en silla de ruedas que agarran la caja y olvidan sus achaques. La copla les devuelve la vida –.
Entre tonada y tonada aparece esta letra. “Gajito y sauce. Siendo del pago, no hay que olvidarse”. Me traslada al no te olvides de donde vienes de la MODA. Tan lejos y tan cerca. Tiempos y lugares distintos pero un mismo sentimiento. Una vez más, vidas cruzadas.

Cruzadas están también las vidas de Fabiola Gonza y Lucía Francesca Cardozo. Abuela e hija de Lucas, respectivamente. Francesca nació el mismo año que Fabiola abandonó estos pagos. Lucas reconoce que aprendió todo sobre las coplas gracias a su abuela y ahora ve como su semilla continúa la tradición. La pequeña de la familia no suelta la caja que le regaló su abuelo. La golpea al ritmo que marca su padre. “Aún no sabe hablar, pero ya canta” nos cuenta orgulloso Lucas.

El atardecer, algunos vinos y más coplas
Tonada tras tonada nos alcanza el ocaso. Un brillo anaranjado empieza a colarse a través de las columnas de la Sala de Payogasta, nuestro hogar en estos días. El intenso color rojo del cielo compite con las llamas que presiden el centro del patio. Ni la Salamanca ni las layqas quieren perderse este momento.
“Mi garganta no es de palo ni hechura de carpintero. Si quieren que yo le cante, sírvamanme vino primero” rima una de las coplas de Lucas. Y así, alrededor del fuego, con una deliciosa copa del vino de gran altura que nos ofrece el valle, las voces de Norma, Clara, las Mabeles y la familia Cardozo ponen el cierre a este primer día de encuentro y tradición.

Norma “la Payogasteña”
De su abuela hilandera nos habla también Norma mientras sus manos amasan la arcilla. Su abuela Isadora tejía historias con las manos y ella convierte esas historias en piezas de cerámica únicas. Norma “la Payogasteña”. Ceramista, ambientalista, escritora y, sobre todo, dueña de una enorme sonrisa que te invita a conversar sin fin. –Quiero repartir mil plantitas de árboles originarios. Voy por los 500 y cuando llegue a los mil, ya veré que hago– me cuenta entre copla y copla. –La Pachamama, o el medio ambiente como lo llaman ahora, nos da la vida y tenemos que devolverle ese regalo.

En esa conversación infinita con Norma, esa conversación que no quiero que se acabe, me cuenta que durante la pandemia formaron un grupo de escritoras. En aquel tiempo escribió “La Hilandera”, un poema dedicado a su abuela que me leyó a viva voz. Una vez más, magia. No puedo trasladaros su voz, pero sí sus palabras. Aquí esta el poema de Norma para Isadora.

Nicolás Arjona
En esta crónica atravesada por las abuelas y sus historias, también hay espacio para algunos abuelos. En nuestro primer día en Mirada Calchaquí, salimos a hacer fotos al amanecer. Hay que aprovechar las primeras luces para inmortalizar las cumbres del nevado y las calles de Payogasta. Belén, Piku y yo decidimos abandonar el río y nos dirigimos al pueblo para ver si encontramos “gente”. Los cerros y sus luces son impresionantes, pero aún más impresionantes son las historias de los habitantes del Valle.

Son las 7 de la mañana y apenas hay personas por la calle, pero Nicolás nos llama la atención desde la puerta de su casa. “¿De donde son ustedes?, señoritas”. “A mi me trajo al valle mi abuelo. Estudié en Salta hasta los 8 años y después me trajo con él para ayudar en la finca de la que era guardés. En lo que ahora es la sala de Payogasta, aprendí a montar a caballo con los hijos de la familia. Con el Chato, el Colla, Félix y muchos otros.”
Piku no puede creérselo. Aquellas personas eran su abuelo y algunos de sus tíos. Pinto nos sigue hablando de diversas personas y aparece el nombre de “cabecilana”. Esa pequeña niña de pelo rubio a la que la madre de Nicolás apodaba cabecilana no es otra que la madre de Piku. Más sincronías. Más vidas cruzadas.

Eufrosina
Y aunque fuera de las jornadas de fotografía, no podía cerrar esta crónica sin mentar a Eufrosina. Ella es una de esas abuelas de las que tanto os he hablado en las líneas anteriores. En sus ojos y en cada uno de los surcos que recorren su cara y sus manos se puede encontrar un pedacito de la historia de los Valles.
Nos recibe con los tomates secando al sol y a punto de ponerse a elaborar yista para coquear. Se la han encargado porque es una de las pocas que aún la fabrican de forma artesanal. Mezcla la ceniza del yuyo yistero (que ella misma recoge, seca y quema), con papa rallada y después lo deja endurecer.

A Eufrosina ya le cuesta ver, también escuchar lo que hablamos, pero nos cuenta que cuando vinimos a visitarla esta mañana “estaba en el huerto a buscar algunas verduritas para hacerle la comida a sus nietos”. La habitación en la que nos reunimos está repleta de cajones de tomates y uvas. Unas uvas grandes, brillantes, frescas y dulces a las que nos convida nada más llegar. También hay numerosas cazuelas, molinos y otros aparejos. Eufrosina prepara de todo en su cocina. Podríamos decir que es parte del patrimonio intangible de esta región.

–Llévese unas nueces para el viaje y, mientras yo viva, no dude en volver a visitarme señorita–. Las palabras de Eufrosina al despedirse son la muestra de la amabilidad y generosidad de los vallistas. Palabras que te taladran el alma. Mucho que asimilar y mucho más que agradecer.
Nicolás Preci
Gracias Nico por presentarme a Norma, Hilda, Lucas, Eufrosina, Guiso, Fernanda y a tantos amigos del Valle. Gracias por regalarme los sabores del lugar y descubrirme algunos de los rincones más perdidos de los mapas. Millones de gracias por compartir un pedacito de este tu lugar en el mundo.
Recorrer un lugar junto a alguien local siempre es un lujo. Si ese alguien local es tu amigo, es un espectáculo. Pero si, además, ese alguien tiene la sensibilidad y la paciencia de un fotógrafo documental, aparece la magia.

Porteño de nacimiento y calchaquí de corazón, Nico lleva años recorriendo los valles cámara en mano para mostrarnos la mirada de sus habitantes. Cada foto cuenta una historia. Cada historia es un mundo. De nuestras aventuras por los valles calchaquíes os cuento más en este post. Os animo también a visitar su página web. Asomaros a las fotografías de Nico y descubrir los valles a través de su mirada. Estoy segura de que no os arrepentiréis.

Coplas de Payogasta
Me despido por hoy con una foto grupal de todos los participantes de esta cuarta edición de Mirada Calchaquí y una frase de Norma. Gracias a todos por hacer estos días inolvidables. Gracias por compartir todas esas miradas y aprendizajes. Muchas gracias por lo vivido. Gracias por todo lo sentido.
Cada uno de vosotros capturáis poemas
Norma Beatriz Arapa

No sé si fue la Salamanca, la fotografía o la serendipia, pero el pequeño aquelarre que se formó en nuestra mesa merece también sus líneas. Ojalá la vida nos vuelva a juntar. Ojalá volvamos a compartir momentos, risas y coplas. ¡Nos vemos en el camino!

Amé tu fotografía…porque dice de ellos/as. Y, la luz dice… cuenta sus historias autenticas.
Gracias Marga! Todo el mérito es suyo. Sus miradas reflejan las historias del Valle…
Muchas gracias Patri querida por ponerle palabras a Mirada Calchaquí y con tus fotos reflejar, además de tu sensibilidad, la generosidad y sabiduría de las personas que a diario construyen la identidad del Valle:
Es un placer y un gran honor que hayas sido parte de este encuentro. Eternamente agradecido por tu amistad, infinitos conocimientos y por inspirar a quienes tenemos el lujo de conocerte.
Buen camino y hasta la próxima.
Un fuerte abrazo.
Salud