El estado plurinacional de Bolivia no podría ser otra cosa que multicolor. Pero hay algunos colores que mandan en mi imaginario particular. El blanco del salar de Uyuni y el naranja de los atardeceres en el altiplano. El amarillo del oro de Potosí y el borgoña de la Cruz de Sucre. También el verde de Samaipata o el cráter del Maragua y el azul del lago Titicaca.

Vales un Potosí
Publicado originalmente en Los viajes de Etheria: vales un Potosí en junio de 2025
Vales un Potosí. Seguro que más de una vez has escuchado esta famosa frase de la boca de tus padres y abuelos. Nosotros hemos perdido la hermosa costumbre de hablar con refranes. Pero todo refrán tiene su razón de ser. ¿Qué pasó en Potosí? ¿Por qué tenía tanto valor?
Los pobladores de Cantumarca, conocían de su riqueza argentífera en el Sumac Orcko. Los indios no podían ignorar la consistencia mineralógica del cerro, pero habiéndolo consagrado, decidieron no explotarlo. Situación explicable por sus sentimientos religiosos, y porque los metales preciosos solamente eran utilizados en obras suntuarias, por carecer entre ellos del valor monetario.
La leyenda (probablemente influenciada por los colonizadores) dice que cuando el emperador inca intentó explotar el cerro, éste lo expulsó mediante una estruendosa explosión (de donde deriva el nombre del lugar, “¡P’utuqsi!”), prohibiéndole el extraer la plata, que estaba reservada “para los que vinieran después”.
Cuando llegaron los españoles, todas las reticencias se acabaron y el cerro rico se convirtió en la mina más rentable del planeta. La plata potosina enriqueció a la corona española y se convirtió en una moneda de circulación prácticamente universal, facilitando el comercio internacional y fortaleciendo el papel de España como una potencia económica global.
Los españoles que vivían en la ciudad disfrutaban de un lujo inimaginable. A comienzos del siglo XVII Potosí ya contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Había salones de bailes, teatros y tablados para las fiestas que lucían riquísimos tapices y obras de orfebrería. Muchas de estas iglesias y construcciones pueden visitarse aún en la ciudad.

El colegio Pichincha
El nombre del colegio Pichincha fue cruzándose en mi camino constantemente durante mi visita a la ciudad potosina. Se conmemorar 199 años desde la inauguración de este colegio el 7 de mayo de 1826. Los festejos y celebraciones no paran. Su famosa banda suena varias veces al día y los antiguos alumnos inundan la ciudad.
Y digo bien. Antiguos alumnos. Porque la entrada a mujeres está prohibida en esta selecta institución. Es un colegio público pero solo para varones. El desfile marcial de sus alumnos recuerda a una institución militar. Su escudo porta un libro, una paleta de pintor y un compás. No voy a hablar aquí de esos grandes y selectos clubes mundiales a los que me recuerda. Pero todos sabéis quienes son.
El otro Potosí
La ciudad cambia al cruzar el arco de Cobija y recorrer las calles Cuzco y Mejillones. El otro Potosí. Para poder trabajar en las minas o en la casa de la moneda, los indígenas debían convertirse al cristianismo. Debían convertirse al cristianismo, pero tenían prohibida la entrada en las iglesias de los españoles. Así se construyeron dos iglesias en el barrio indígena. La iglesia de San Benito y la Iglesia de Santa Bárbara.
Aquí desaparece el diseño en damero típico de las ciudades coloniales españolas. Aquí se establecieron las familias indígenas que acudían a la ciudad a trabajar en la casa de la moneda y las minas. Las construcciones no siguen ningún plano. Las calles se cruzan y entrecruzan al estilo medieval.
El recuerdo de su origen indígena se reconoce en los apellidos que coronan las puertas. Uno de esos apellidos es Condori. Un apellido que me recuerda a Carolina y sus historias sobre la quebrada de Humahuaca. También me encuentro restos de carnaval. Muchos. Claramente aquí se festeja al carnaval y al tío. El sincretismo religioso se deja ver en cada esquina.
Minas de Potosí
Publicado originalmente en Los viajes de Etheria: Minas de Potosí en mayo de 2025
Bienvenidos al infierno. El cerro rico. Icono central del escudo boliviano. La montaña que come hombres. Las minas de Potosí. Suerte y desgracia para los habitantes de esta región. Regalo envenenado de la Pachamama y el Tío. Toneladas de plata. 9 millones de muertos. Fuente de trabajo casi ilimitado. Un minero fallecido cada día del año. Lugar turístico. Trabajo infantil.
Visitar o no las minas es la gran duda cuando llegas a Potosí. ¿Con nuestra visita turística estamos alentando que continúen las duras condiciones de trabajo? Yo decidí visitarlas para contar lo que allí pasa. No es cool. Es triste. No disfrutas la visita. La sufres.
Bienvenidos al infierno
Hace calor. Caminamos agachados. El aire se siente pesado. Solo la luz de nuestros frontales ilumina el estrecho pasillo. El ruido de martillazos acompaña nuestros pasos. Bienvenidos al infierno. Nos encontramos a más de 1000m de distancia de la entrada. A más de 1000m de distancia de la única fuente de aire y oxígeno. A más de mil metros de distancia de la única vía de escape. Un grupo de mineros está poniendo los clavos para un nuevo tramo de rieles. A uno de mis compañeros en el tour se le ocurre preguntar por qué hace tanto calor. -Estamos cerca del infierno-, responde el minero. Y si, claramente estamos cerca del infierno.

Se siente la presión, el calor, el agobio. La única fuente de aire son los tubos que recorren los túneles, xo no es aire para respirar. Es aire para poder usar la taladradora, funciona por compresión. La Salud no importa. Solo la productividad. Calor, presión, agobio. Apenas llevamos 1h dentro de la mina y nos sentimos agotados. No puedo imaginarme la sensación después de 8h de duro trabajo. Sobra la ropa. La seguridad pasa a un segundo plano. Los mineros trabajan sin protección. En manga corta. Sin mascarilla. La sílice es el enemigo silencioso. Sus cristales acechan en cada pared. Respirar su polvo día tras día es mortal.
José nos cuenta que prácticamente la mitad de la población activa trabaja en la mina. -En mi ciudad no hay grandes fábricas, corporaciones ni otros trabajos. Lo único que nos queda es la mina.-Repite como un mantra. Conversamos con varios grupos de mineros. Otros solo nos piden paso para seguir trabajando. Hágalos estacionar. Viene un vagón. Vamos dejando la Coca y el jugo que hemos comprado previamente en el mercado minero. Nos lo agradecen. Aquí dentro cualquier ayuda es poca.
El Tío
Si esto es el infierno, no puede faltar el diablo. El Tio. Los españoles trajeron al diablo para controlar a los mineros a través del miedo y la superstición. Pero en la cultura indígena los dioses pueden ser buenos y malos al mismo tiempo. Los mineros empezaron a ofrecer regalos a ese “dios” que no sabían pronunciar y degeneró en la palabra “tío”. Con esas ofrendas le pedían protección y minerales. Esas ofrendas continúan hasta el día de hoy. Cada viernes los mineros ofrecen al tío coca, cigarrillos y alcohol para agradecer o pedir nuevas ayudas. El tío (varón) y la pachamama (mujer) generan los minerales en sus encuentros. Hay que mantener contentos a ambos.
Niños mineros
Pregunto a nuestro guía, José, antiguo minero del cerro, sobre este tema tabú. Me dice que algunos niños empiezan a trabajar sobre los 14 años. El taxista que me acerca hasta la terminal de buses, también exminero refiere que él ha visto niños de hasta 10 años. Nadie quiere hablar de ello pero existe. En Sucre, el guía vuelve a repetirlo. -Ver grupos de niños en los túneles me hizo recapacitar. No era un buen lugar para trabajar.-
Un poco de esperanza. Me cruzo con Mario en el hostel. Un maño en Potosí. Me habla de la fundación Patiño. Trabaja en el Proyecto Encuentros, centro de actividades extraescolares en el cerro para los hijos de los mineros. Apoyo psicopedagógico y actividades sanitarias para acompañar a estos niños en riesgo. Una luz al final del túnel.
Sucre y Juana de Azurduy
Publicado originalmente en Los viajes de Etheria: Sucre y el cráter del Maragua en enero de 2026
Si te pregunto por la capital de Bolivia, seguramente tu respuesta será: La Paz. Te voy a dar un dato que te ayudará con el quesito azul del trivial. Y es que la capital de Bolivia es Sucre.
Bolivia es un país singular porque comparte las funciones de capital entre distintas ciudades, reflejo de su historia, tensiones regionales y diversidad política y económica. Sucre, La Paz y Santa Cruz cumplen roles distintos y complementarios. Sucre es la capital constitucional e histórica de Bolivia. La Paz es la sede del gobierno y la capital administrativa de facto. Y Santa Cruz de la Sierra no es capital oficial, pero es considerada la capital económica y productiva del país.
Sucre es una de las ciudades más bellas e históricas de Bolivia, conocida como la capital constitucional del país y cuna de la independencia.
Juana Azurduy
Relegada a una esquina, en un rincón del patio interior del centro cultural de la ciudad. Allí encontré la estatua de Juana Azurduy.
Juana Azurduy de Padilla (1780-1862) es una de las figuras más emblemáticas de la independencia sudamericana, especialmente en la región que hoy abarca Bolivia y el norte de Argentina. Su historia combina valor militar, compromiso social y liderazgo revolucionario, y su legado sigue siendo fuente de inspiración para la lucha por la libertad y la igualdad.
Es considerada heroína de la independencia boliviana y argentina, y su figura simboliza la lucha de las mujeres por la libertad y la justicia.
Mondongo y cambio de planes
Me siento a comer Mondongo en el mercado de Sucre. Aquí todas las mesas son compartidas. Sonia y Roberto me preguntan por mis planes y me hablan de la feria indígena de Tarabuco. No te la puedes perder. Vas a hacer mil fotos. No puedo negar que me tientan. Cambio mis planes. Me quedo aquí un par de días más. Hasta el domingo.
El mercado de Tarabuco
Publicado originalmente en Los viajes de Etheria: Mercado de Tarabuco en julio de 2025
El domingo me levanto pronto. El mejor momento para llegar al mercado es la hora de apertura. Cuando los habitantes de distintas comunidades indígenas llegan a Tarabuco. Me dirijo a la calle Tupaj Yupanqui para tomar el transporte hasta la feria. Las furgonetas con destino a distintas localidades están aparcados en la calle. Un pequeño mercado ha nacido alrededor. ¿Qué vehículo va a Tarabuco? 6 bolivianos y salimos cuando se llene. Perfecto.
73 kilómetros y más de una hora de viaje, separan Tarabuco de Sucre. Las estampas dignas de fotografiar se suceden en cada rincón. Nada mejor que utilizar el transporte público para compartir tiempo con la población local. Me pasan un papel para apuntar mi nombre. Es para el control en la carretera. El hombre de mi lado me pide que apunte el suyo también. No sabe escribir.
Veo algunos puestos en las calles que salen de la plaza y me dirijo hacia allí. Aquí empieza a haber más movimiento. Me pierdo entre las calles que se entrecruzan. No hay un centímetro en el que no se venda algo.
Unas diez personas se arremolinan alrededor de unos de los puestos. Me asomo a ver que está pasando. Una televisión. Todos llevan puestas sus ropas tradicionales y amplios sombreros. Sus rostros reflejan el paso del tiempo. Levanto mi cámara. Disparo. Espero que alguien gire la cara. El vendedor me niega la foto. Es una de las pocas fotos que me niegan en el mercado. Se queda grabada en mi retina. La sorpresa. El choque entre tradición y modernidad. La fusión de dos mundos.
Miles de personas recorren las calles del pueblo. Se paran en los distintos puestos buscando ropa o comida. Rostros con mucho que contar. Las mejores galas para el día de feria. Día de fiesta. Los ponchos y sombreros tradicionales se mezclan con las gorras y las mochilas de marcas conocidas. Tradición y modernidad. La fusión de dos mundos.
Mientras espero a que la furgoneta de vuelta a Sucre se llene, sigo observando lo que me rodea. Algunos descansan tras varias horas de trabajo. Otros siguen en movimiento.

El lago Titicaca
Publicado originalmente en Los viajes de Etheria: el lago Titicaca en julio de 2025
El lago Titicaca. El lago navegable más alto del mundo. Allí donde, según la leyenda, nació el Imperio Inca. Uno de esos lugares detenidos en el tiempo. Otro de esos lugares mágicos de la puna. 27 islas, dos países y un lago. La puna. Un lugar al que no me canso de regresar. Un lugar sin igual en todo el planeta. Quizá mi región favorita en el mundo. Lugares impresionantes. Cielos espectaculares. Culturas milenarias. Personas increíbles. Sincronía.
El lago Titicaca es considerado un punto de conexión entre los dioses y los hombres, el lugar sagrado donde se originó la dinastía inca. El lugar donde nacieron el sol y la luna. Según la leyenda, el dios creador Viracocha surgió de las aguas del lago y, con su poder divino, formó el cielo, la tierra y los primeros hombres.
El estrecho de Tiquina
No hay ningún puente que atraviese los 780 metros del estrecho de Tiquina, pero se cruza fácilmente en una de las embarcaciones que realiza el trayecto de ida y vuelta varias veces al día. Al llegar a San Pedro de Tiquina, el bus para y todo el mundo se baja.
Pregunto qué ocurre y me dicen que debemos bajar todos y usar las embarcaciones para cruzar el estrecho. Me dirijo al pequeño embarcadero donde me venden el ticket para cruzar. 2 bolivianos por subir a la pequeña lancha atestada de gente. El autobús cruza con el equipaje en uno de los pontones amarrados en la orilla. Mientras llega, aprovecho a comprar una deliciosa tortilla en el el puerto. Hoy ha tocado desayunar tarde.

En el autobús hay pocos turistas, casi todo es gente local. La mayoría de los habitantes bolivianos del lago son de origen aymara y aún usan su lenguaje. Le pregunto a una de mis compañeras como se dice Gracias. Yuspagara. Me contesta. No puedo evitar ver la semejanza con nuestro “Dios pagará” o “qué Dios te lo pague”. La palabra gracias no existe en la lengua wichi. ¿Puede ser Yuspagara un “españolismo” introducido en el aymara hace siglos? Por lo que leo en internet, mi sospechas son ciertas. Se acepta este origen y la sospecha de que la palabra gracias no existía previamente tampoco en el lenguaje aymara.
La isla del Sol
Asciendo los 500 peldaños que separan el puerto sur de la isla de la comunidad Yumani, donde tengo mi alojamiento. La altura se nota. Necesito hacer varias paradas antes de llegar a mi destino.
Después de comer, inicio mi recorrido hacia la parte norte de la isla siguiendo la ruta sagrada del sol o Wilka Thaki. Siete kilómetros de ruta empedrada con varios cambios de altitud. Al iniciar mi camino me encuentro con los niños saliendo del colegio y algunos habitantes en la puerta de sus casas.
Tras atravesar Yumani, camino en solitario durante varios kilómetros y solo en contadas ocasiones me encuentro un par de caminantes en dirección contraria. Antes de llegar al final, a un lado del camino, me encuentro a una pareja bailando. Detengo mis pasos. No quiero molestar. No siquiera levanto la cámara. Respetemos la magia.

Visito los monumentos arqueológicos de este lado de la isla y regreso sobre mis pasos para poder alcanzar mi hotel antes de que se haga de noche. Llego a Yumani justo a tiempo para disfrutar de uno de esos atardeceres de cuento que ofrece el lago.
Poco después la luna aparece de forma majestuosa. Quizá la luna llena más grande que he visto nunca alumbra mis pasos de regreso a casa. ¿Os he dicho ya lo enamorada que estoy de la puna?
Amantaní
Se trata de la isla más remota del lago y así lo demuestra la cultura ancestral de sus habitantes. La isla no cuenta con ninguna carretera y sus caminos son transitados por numerosos personas y animales.
Casi todos los viajes a Amantaní incluyen una noche de alojamiento con los isleños. El turismo comunitario de Amantani sigue un sistema rotatorio para que todas las familias se beneficien de él.
”Mamá Rufina” preparó para nosotras una deliciosa cena a base de quinoa y verdura. Entre ellos hablan quechua, pero comprende algunas palabras en castellano con las que podemos intercambiar algunas frases. Tras el desayuno nos ofrece además algunas de sus artesanías. Nos vendrá bien un gorro para el frío del altiplano.

Después de cenar, preparan un baile en la escuela para todos los turistas alojados en las distintas casas. Las noches aquí son frías y nos viene estupendo el poncho que nos prestan. Tras 2h de música tradicional, el baile se acaba y las luces se apagan. ¡Wow! No podemos menos que tumbarnos en la pista de fútbol de la escuela.
Recuerdo la noche en Amantaní como si fuera ayer mismo. Es un cielo como ninguno que haya visto antes. Es el mejor cielo nocturno que he visto nunca. Ahora entiendo porque los Incas pensaban que este lugar era la conexión entre el cielo y la tierra. Entre los hombres y los dioses. Una vía láctea totalmente marcada. La Cruz del Sur. Miles de estrellas. No tengo fotos. Está grabado a fuego en mi memoria.
Samaipata
Samaipata te atrapa. A veces, literalmente. Los derrumbes en la única carretera que llega a Santa Cruz nos impiden volver a la capital. Tampoco circulan los buses que llegan hasta Sucre. Me cruzo con caras conocidas en cada rincón de la ciudad. Todos seguimos aquí. Thea se va a visitar un refugio de fauna. Álex, Harry y Sam se apuntan a una cata de vinos. Tomás, Carla y yo aprovechamos la cocina del mercado nuevo. Papas fritas, arroz, pimiento, cebolla, carne y chorizo. El famoso pique macho. De postre, un helado de guayaba.
Dorita, la dueña de nuestro hostal, nos va enviando novedades. La ruta sigue cerrada. Hoy todos dormiremos de nuevo en el Andoriña. La luna llena de este 1 de abril acompañará nuestros sueños.
Pero más allá de los derrumbes, Samaipata tiene un aura especial. Es uno de esos pueblos que te invita a quedarte. Muchos viajeros se han instalado aquí a lo largo de los años. Bea llego desde Río para pasar dos días en la zona y ya lleva una semana. “Me veo viviendo en este lugar”.
25 años hace que Andrés salió de Holanda. Han pasado ya 11 primaveras desde que visitó su país natal por última vez. Su nacionalidad ya es boliviana. Su hermano gemelo también vive en Samaipata, es el dueño del Serena, otro de los hostales del pueblo. En Europa ya solo vive uno de sus tíos. No tienen intención de volver.
Este 2026, el Andoriña cumple 20 años. Dorita y Andrés abrieron este hostal hace ya 2 décadas. “Los primeros viajeros eran muy distintos a los actuales. Llegaban con su carpa y su infiernillo para cocinar. Acampaban en el patio. Entonces solo teníamos 3 habitaciones. Después ampliamos el número de habitaciones , hicimos la cocina y el mirador e incluso nos inscribimos en Hostelworld!”
Dorita gestiona ahora el hotel. Es un lujo conversar con ella. Descendiente de quechuas, viajera y habitante de la tierra. Las charlas se alargan durante horas. Sus consejos y su ayuda en la ciudad son inestimables. ¿Qué decir de su desayunos? Cada día un sabor distinto. Té de cúrcuma, manzana o flor de jazmín. Mermeladas caseras de uva, durazno o frutilla. Fruta, pan caliente, mantequilla y mermelada casera. Una forma deliciosa de empezar el día.
Samaipata ha pasado de ser un lugar remoto y prácticamente desconocido, a convertirse en uno de los lugares más turísticos de Bolivia.
Roberto Carlos me cuenta que se fue a trabajar a una fábrica en Santa Cruz. “Había demasiado estrés. Echaba de menos la naturaleza de Samaipata. Volví y hablé con un amigo austriaco, uno de los primeros que hizo caminatas aquí y que ahora se fue para Atacama.” “Empecé trabajando para otros y luego abrí El caminante. Ahora hay mucha competencia. Todo el mundo hace caminatas. Pero intento que mis excursiones sean distintas y la gente las disfrute.”
Y sí. Disfrutamos de un maravilloso paseo entre helechos gigantes. Sentimos que en cualquier momento puede aparecer un velocirraptor entre sus frondas. No en vano estamos en uno de los bosques más antiguos del planeta.
Las últimas lluvias han dejado los caminos llenos de barro. Mi reciente lesión de tobillo no ayuda a caminar por esta resbaladiza zona. Roberto Carlos me anima a continuar. Si vas a poder. Dale. Despacito y con buena letra. Así llegamos a lo más alto del parque Amboro. Las vistas desde aquí son espectaculares. Como ibas a perderte esto? ¡Cuánto echaba de menos la montaña! Mírame soy feliz. Tu juego me ha dejado así…
Al bajar, Carla nos propone ir a comer un sonso de yuca. Tomás, Roberto, Sofía, Carla y Patricia. Un portugués, dos italianos y dos españolas de camino al mercado viejo. Nuestras caras lo dicen todo. No hay mejor forma de acabar una caminata. ¡Deliciosos!
Puede que uno de los causantes del aura de Samaipata sea su fuerte. Este antiguo santuario prehispánico es la mayor roca tallada en Suramérica. Chanés, incas y españoles conocían su magia. 500 años después sigue sintiéndose su energía.
La luna llena y el fuerte de Samaipata hicieron sus deberes. También la maquinaria que lleva trabajando sin descanso todo el día. Nos informan de que la ruta está abierta y podemos viajar a Santa Cruz. Magnus y yo tomamos uno de los trufis hacia la capital. El tiempo pasa rápido. Las vistas son magníficas y la conversación muy entretenida.
Pero no todo podía ser tan fácil. Al llegar a la Angostura nos cortan el paso. Ha estado abierto un tiempo pero van a cerrar durante 1h. Toneladas de arena siguen cortando un carril. Las máquinas siguen trabajando. Algunas rocas vuelven a caer. Magnus dedica el tiempo a leer el libro que apenas ha iniciado. The Bolivia reader. Yo aprovecho a escribir estas líneas…
Samaipata te atrapa.

La Chiquitanía
Me llama la atención esa parte del mapa boliviano. La Chiquitanía. Una región fronteriza, ubicada entre la Amazonia y el Chaco. Una región donde se cruzan selva, sabana y memoria. La fusión de las misiones jesuíticas y los pueblos indígenas chiquitanos.
Santa Cruz la Vieja
Santa Cruz la Vieja no aparece en los mapas como un destino, sino como una insistencia. Hay que querer llegar. Hay que desviarse. Dejar atrás el asfalto, aceptar que el camino se vuelva polvo, que el paisaje empiece a repetirse en árboles bajos y horizontes abiertos, como si el mundo se hubiera quedado sin puntos de referencia. Cuando uno llega, no hay ciudad.
Hay un silencio organizado.
Dicen que ahí, en medio de esa llanura que no termina de ser selva ni sabana, Ñuflo de Chaves fundó en 1561 una ciudad que llevaba un nombre prestado: Santa Cruz de la Sierra. Pero lo que queda hoy no es la ciudad, sino su intento. No hay muros en pie, ni calles que conduzcan a ningún lado. Hay trazas. Líneas apenas perceptibles en la tierra. Como si alguien hubiera dibujado un plano y luego lo hubiera borrado con la palma de la mano, dejando sólo el recuerdo del gesto.
Caminar por Santa Cruz la Vieja es caminar por una idea fallida. O, mejor dicho, por una idea que tuvo que moverse para sobrevivir. La ciudad no desapareció: se desplazó. Se volvió otra cosa, en otro lugar.
Encuentro con los “chiquitos”
La Chiquitanía. Un nombre que parece anecdótico pero encierra una historia de encuentro, malentendido y poder. Según la explicación más difundida, los conquistadores españoles llamaron “chiquitos” a los pueblos de la región porque sus viviendas tenían puertas bajas, que obligaban a agacharse para entrar. Desde la mirada europea, eso se interpretó como algo “pequeño”, y el nombre quedó. Pero no era lo que parecía. En realidad las casas no eran pequeñas en su interior, las puertas bajas tenían funciones prácticas y culturales (protección contra el calor, defensa frente a animales, control del acceso…). Es decir, no describían a las personas, sino a una arquitectura adaptada al entorno.
Con el tiempo “chiquitos” pasó a nombrar a los pueblos indígenas de la zona y luego surgió el término chiquitanos como identidad colectiva. Un nombre que agrupa a diversos pueblos bajo una sola etiqueta impuesta desde afuera. Así el nombre “Chiquitanía” revela algo más. Muestra cómo el lenguaje puede moldear la percepción de un territorio y como una mirada externa simplifica una gran diversidad conviertiendo diferencias en una etiqueta uniforme.
La máscara del abuelo
San José de Chiquitos. Mi primera parada en la región. Me llaman la atención la presencia de máscaras grafiteadas en las paredes, en los puestos de venta de artesanía e incluso decorando las típicas letras de bienvenido a… Tengo que investigar qué significan.
Aquí está. La máscara del abuelo. Una tradición relativamente nueva que nació como burla a los misioneros jesuitas. En la época misional los primeros en convertirse a la nueva religión católica fueron los jóvenes. Al salir del templo, los nuevos conversos eran recibidos por los “abuelos” que se ponían mascaras pintadas que representaban en forma de burla a los misioneros que impartían el nuevo culto. Desde entonces se convirtió en un símbolo de identidad indígena y resistencia cultural.
Las máscaras se tallan manualmente a partir de la raíz del árbol de toco, se lijan, limpian y pintan al óleo, un proceso que honra a los antepasados. Hoy estas máscaras representan sabiduría y tradición. La danza de los abuelos. El sonido de las semillas. El regreso a otros tiempos.
