Hace justo un año que decidí dejar un poco de espacio para la deriva.
Lo que no imaginaba era que acabaríamos navegando tanto juntos.
Hace un año empecé a escribiros estas cartas. Hoy os escribo a punto de empezar una nueva aventura. Oceanía me espera. Pero eso os lo contaré en los próximos meses.
Durante estos doce meses hemos compartido historias, fotografías, libros, canciones, viajes y unas cuantas preguntas sin respuesta. Pero, sobre todo, hemos compartido una forma de mirar el mundo.
Estoy convencida de que toda mirada se construye a partir de otras miradas. Así, este año quise dibujar ese mapa de las personas, las obras y las ideas que, de una forma u otra, han moldeado mi manera de mirar. De ahí nació Mapas invisibles, una de esas publicaciones que quizá hablan menos de mí que de todas las voces que me han acompañado por el camino.
Si tuviera que dibujar también el mapa de este último año, tendría que empezar mucho antes. Todo empezó casi por casualidad: una lesión y demasiado tiempo libre. Os conté aquel pequeño bache en el camino en La del pirata cojo. La Deriva nació para evitar que me subiera por las paredes y, poco a poco, terminó convirtiéndose en costumbre. En un rincón del mes reservado para escribirnos.
La primera carta nos llevó a recorrer la Ruta 66. Después llegaron las mañanas de niebla en Vitigudino, las lunas de Salamanca, los soñadores, las raíces, los aeropuertos y los brindis. Sin apenas darnos cuenta, fuimos llenando un calendario de pequeñas historias cotidianas que acabaron hablando de cosas mucho más grandes: la memoria, la amistad, las despedidas y la esperanza.
Más tarde la deriva cruzó el Atlántico. Recorrimos el norte argentino, Bolivia y Paraguay; viajamos de norte a sur por la Ruta 40 y de este a oeste por la 81. Allí aparecieron los versos que vuelan, el azul clarito del cielo, las recompensas que esperan al final del camino y, sobre todo, esa necesidad constante de desaprender muchas de las cosas que creemos saber.
Cada viaje terminó enseñándome que no son los ojos quienes miran, sino todo aquello que llevamos dentro cuando lo hacemos.
Y entre carta y carta siempre hubo música.
Muchas de estas historias nacieron escuchando un disco en un bus, escribiendo con una canción de fondo o recordando un lugar a través de una melodía. Poco a poco, la Banda sonora para la deriva se convirtió también en un pequeño diario. Una forma de medir el paso del tiempo en canciones.
Y, entre carta y carta, también os he ido hablando de los proyectos que han ocupado buena parte de mi último año.
Uno de ellos acaba de nacer. La oportunidad de crecer aún está dando sus primeros pasos y prefiero dejarlo avanzar despacio antes de contaros demasiado. El otro lleva mucho más tiempo caminando conmigo.
Entre dos mundos es ese viaje que nunca termina. A través de sus crónicas aparecen comunidades wichí, guaraníes y diaguitas, pescadores del Bermejo, hilanderas de los Valles Calchaquíes, carnavales, paisajes y personas extraordinarias. Son historias nacidas de los regresos, de la convivencia, de la fotografía y de la curiosidad de alguien que sigue creyendo que la mejor forma de comprender el mundo es sentarse a escuchar a quienes lo habitan.
Es imposible resumir un año en unas pocas líneas. Así que, en lugar de intentarlo, voy a dejar por aquí algunos retales de estos doce meses: una foto que sí hice, un libro, una canción y una imagen que no llegué a fotografiar.
El retrato de Eufrosina durante mi visita a Cachi y los Valles Calchaquíes se ha convertido en una de mis fotos favoritas de este último periodo. Una charla de esas que no se olvidan. Un rostro que refleja el paso del tiempo. Un pedacito de historia.
Eufrosina y los valles Calchaquíes
La falta de librerías en el norte me empujó a releer a Leila Guerriero y su zona de obras. Podría perderme entre sus páginas una y mil veces más. Cada vez hay más párrafos subrayados. Siempre aprendo algo nuevo.
Zona de obras. Leila Guerriero
También hay imágenes que se quedan con nosotros aunque nunca lleguemos a fotografiarlas. El cierre del Pin Pin en el río es una de ellas. Todo Yacuy chapoteando en el agua. Niños, jóvenes y mayores. Compartiendo el final de un día de fiesta y amistad. Disfrutando del momento. No tengo la fotografía. No me hace falta. Tengo el recuerdo imborrable en mi mente.
Elegir una sola canción es muy difícil, por eso os he dejado el enlace a mi Banda Sonora para la Deriva. Pero voy a hacer un intento. Escojo un tema que he descubierto este último año y que se ha quedado conmigo.
Gracias por estar al otro lado desde aquel primer correo. Gracias por formar parte de esta deriva.
Nos vemos en el próximo tramo del camino. Sigamos dejándonos llevar. Porque algunas de las mejores cosas aparecen precisamente cuando queda espacio para perdernos.
Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo.
Patri · Los Viajes de Etheria
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