Entre los gritos que celebran la independencia argentina, Pocho lanza un ¡Y que viva Perón, carajo! ¡Viva! Este 9 de julio me sorprende pasando unos días en el camping de Iván en las Lomitas y me invitan a celebrarlo en el pueblo de su padre: Juan Gregorio Bazán.

Desde primera hora de la mañana, la mitad de los 500 habitantes de Bazán se visten con sus mejores galas para participar en el desfile. La otra mitad espera con ansias el inicio de la celebración. Nunca imaginé celebrar la independencia argentina en un pueblo que lleva el nombre de un conquistador español.

Con el sonido del bandoneón de fondo, Pocho me presenta a distintas personalidades del pueblo. Llama a cada uno por su nombre. Todos le conocen. Todos le saludan. A petición de mi anfitrión, algunos de ellos posan delante de mi cámara.

Trenes y viajeros
Pocho nos recibe campechano y efusivo. Mientras recorremos el patio, se revela una historia que es, al mismo tiempo, la de la familia Morelli y la de Bazán. Iván me señala a lo lejos la ahora abandonada estación del tren, construida en 1915 sobre el ramal C-25 del Ferrocarril General Belgrano. También me muestra unas pequeñas construcciones de barro junto a la casa principal, el lugar donde su abuela ofrecía alojamiento y comidas a los viajeros.

La vieja estación permanece hoy en silencio, pero durante décadas abría la puerta al mundo. Cuando el último tren dejó de pasar en 1993, Bazán perdió mucho más que un medio de transporte. Años después llegaría la Ruta Nacional 81. Uniendo Formosa con Salta, volvió a convertir este rincón del Chaco en lugar de paso para los viajeros.
Como si de una silenciosa herencia se tratara, ahora Iván sigue recibiendo a esos viajeros en su camping del Madrejón. El tren ya no pasa por Bazán. Los viajeros, sin embargo, siguen llegando.
Un 9 de julio en Bazán
Este 9 de julio, la virgen del Valle es la encargada de abrir el desfile. Un anciano gaucho acompaña su caminar en silencio. Apoya la mano sobre la caja de la camioneta con devoción, como si quisiera estar más cerca de su Morenita. La Morenita de campesinos, arrieros, hacheros, algodoneros y familias que hicieron del monte chaqueño su hogar.

Tras la figura de la virgen, se oyen los tacones de los zapatos de baile recién lustrados y las botas de montar. Bombachas de campo, largas faldas al vuelo, pañuelos de seda y sombreros de ala ancha muestran el orgullo gaucho de los alumnos de las distintas escuelas de la villa.


Algunos ya llevan el caballo en la sangre. Desfilan dentro de su agrupación aunque descienden de su montura rápidamente a la hora del baile. –Tienen 10 años, pero pareciera que tienen 20. En el monte se espabilan rápido– me explica Pocho entre carcajadas.


Balti conserva también un poco del alma gaucha de su abuelo y pasa el día de mano en mano. Mejor dicho, de caballo en caballo. Sin ninguna vergüenza, solicita a cada jinete que se cruza en su camino que lo alce por un rato. Con esa sonrisa no hay nadie que pueda decirle que no.

Gauchos y sortijas
La llegada de las cuatro agrupaciones gauchas se anuncia desde lejos. Ya no huele solo al humo del asado. Se mezcla con el aroma de los caballos: cuero curtido, crines, sudor seco y tierra colorada. Es el olor del campo entrando en el pueblo por un día.

Las espuelas y las herraduras marcan el paso sobre el asfalto. Padres, hijos y abuelos galopan juntos manteniendo viva una tradición. Un modo de habitar el campo. Una manera de entender el monte.

–La mayoría no vienen por el desfile. Vienen para jugar a la sortija. Les encanta– me cuenta divertido Pocho. El mapa dice Formosa. Los ponchos, los caballos y el monte siguen diciendo Chaco.

Tras el desfile, estalla el bullicio junto al pequeño poste que sostiene la sortija. Mozos y no tan mozos se preparan para la competencia. Con sus sombreros gastados, el cigarro entre los dedos y la cara castigada por el sol, algunos jinetes parecen escapados de aquellas leyendas de matreros y bandidos rurales que hicieron del monte chaqueño su escondite.

Durante unos segundos todo parece detenerse. El caballo galopa levantando polvo, el jinete se incorpora sobre los estribos y estira el brazo hacia una diminuta argolla suspendida en el aire. No hay fuerza, solo precisión. El puntero atraviesa la sortija. Gritos. Aplausos. Es apenas un anillo de metal, pero en ese gesto viajan siglos de historia, desde los torneos medievales hasta las fiestas gauchas del norte argentino.

Pericón, zamba y chamamé
Los alumnos se colocan en fila dispuestos para ejecutar el baile patrio. Antes del inicio, una de ellas se fija en mi cámara para dedicarme una de sus mejores poses.

Ahora sí, ¡qué empiece el baile! –¡Aura!, ¡cadena!, ¡molinete!, ¡coronación!– Ruedas, cruces, arcos y saludos. Por unos minutos, el pericón invade el patio de la escuela y nos transporta a una plaza de otro tiempo. No importa que alguien se equivoque o llegue tarde a una figura. Lo importante es seguir bailando juntos. Como el país que celebra, el pericón solo cobra sentido cuando todos forman parte de la rueda.

Sin apenas respiro, la música cambia. Las primeras notas de la guitarra llegan despacio, como si no quisieran romper el silencio que el último baile había dejado. El bombo marca un pulso antiguo y sereno. No hay prisa. Ellos avanzan y retroceden. Ellas sonríen y esquivan.
Los pañuelos que ondeaban al viento en el pericón se convierten en un nuevo lenguaje al ritmo de la zamba.

Pocho reclama un cambio de compás. Suena el acordeón. Basta un puñado de notas para que el pueblo cambie de ritmo. Una pareja se abraza, luego otra, y otra más. No hace falta invitación. El chamamé tiene esa virtud: convierte cualquier patio en una pista de baile y cualquier reunión en una celebración compartida.
Asado a la estaca
Desde el amanecer, varias cruces de hierro miran hacia un mismo fuego. Sobre ellas, los costillares se doran lentamente mientras el humo perfuma el aire con aroma de quebracho. Dos reses donadas por sendos vecinos se cocinan lentamente, al estilo gaucho: a la estaca. Nadie pregunta cuánto falta. En el asado a la estaca el tiempo no se mide con el reloj, sino con las brasas. Alrededor del fuego circulan el mate, las historias y las risas.

El patio de la escuela se transforma en un improvisado restaurante. Pocho nos invita a unirnos a su familia.
Wichís, gauchos y españoles sentados alrededor de la misma mesa.
Cada uno de los comensales lleva sus platos y cubiertos. Las fuentes llenas de tajadas circulan entre las mesas. El cuero cruje como si de un cochinillo segoviano se tratara, la carne se desprende del hueso sin esfuerzo, el humo del quebracho se siente en cada bocado. Los platos se vacían rápidamente, pero nuestro anfitrión se encarga de ir a por más asado. Vuelve con la bandeja llena de nuevo. Aquí nadie va a pasar hambre.

¿Y qué pasa con Perón?
Los tejados azules de las escuelas públicas y los carteles de “el modelo formoseño” me han acompañado desde que crucé la frontera de la provincia. En pueblos donde el Estado ha sido históricamente el principal proveedor de servicios, empleo e infraestructura, la política se experimenta de forma muy distinta a como se vive en las grandes ciudades. Allí el gobierno no es una abstracción: suele tener nombre, rostro y presencia cotidiana.
Además del grito que da título a esta crónica, en Bazán escuché a algunos de los más veteranos hablar de “compañeros”. La palabra me devolvió a una conversación con varios jóvenes afiliados al partido durante mi primera visita al boliche de Roberto, en Buenos Aires. Empiezo a comprender que aquí el peronismo no es únicamente una opción electoral. Es también una forma de pertenecer.

Al caer la tarde, los caballos ya han vuelto a sus corrales, el humo del asado se disuelve lentamente y la vieja estación permanece inmóvil, como lleva décadas. Pienso entonces en el grito de Pocho con el que comenzó el día. Quizá no hablaba solo de Perón. Quizá celebraba algo más antiguo que cualquier consigna política: la alegría de pertenecer a un lugar donde, al menos una vez al año, todo un pueblo vuelve a encontrarse.