La Perla de la 81

Durante tres años hubo un cartel que despertó mi curiosidad cada vez que llegaba a Dragones: “Bienvenido a la Perla de la Ruta 81”. Hasta entonces solo conocía unos pocos kilómetros de esa carretera. Este año decidí recorrer sus casi setecientos kilómetros de punta a punta. Descubrí que la 81 no une pueblos: conecta siglos de historia.

La perla de la 81
La perla de la 81

Las distancias en el norte no se miden en kilómetros, se miden en historias. Quizá por eso los nombres de sus rutas invocan sueños viajeros. La 40, la 9, la 81…

La Ruta Nacional 81 no une únicamente pueblos. Recorre las distintas capas de la historia del Gran Chaco. Mucho antes de que existiera el asfalto, los pueblos wichí, pilagá y qom ya conocían estos caminos. Después llegaron los fortines que marcaron la frontera del Estado argentino. Más tarde, el ramal C-25 del Ferrocarril General Belgrano fue sembrando estaciones y, cuando el tren dejó de pasar, la Ruta 81 heredó su papel.

Fortín Dragones

Fortín Dragones fue mi primer contacto con la 81. El nombre de esta población me resultó curioso desde mi primera visita. No era un nombre cualquiera. Era el primer fortín que encontraba en mi camino. ¿Por qué Fortín? ¿Por qué Dragones?

Tras la Guerra de la Triple Alianza, el Estado argentino reforzó su presencia en las regiones fronterizas del Chaco. Para ello se creó una línea de fortines, pequeños puestos militares separados por unos pocos kilómetros entre sí, que permitían patrullar el monte y mantener las comunicaciones. Así nacieron Formosa, Lugones, Soledad, Sargento Leyes o Yunká. Algunos desaparecieron por completo. Otros dieron origen a pequeñas localidades. Otros permanecen únicamente en el nombre de un paraje.

Los “dragones” eran cuerpos de caballería. Soldados que podían combatir tanto montados como a pie. Quizá aquellos comienzos expliquen una parte de la bravura y la resistencia de esta población. Comprendí entonces que los nombres también cuentan historias.

Monte, agua y memoria

La Ruta Nacional 81 suele describirse como un corredor bioceánico, pero mucho antes de que existieran los camiones y el asfalto ya era un camino recorrido por otros viajeros. Los wichí, los pilagá y los qom conocían el monte mucho antes de que llegaran los fortines, el ferrocarril o las estaciones de servicio. 

Pozo del Tigre.

Pozo del Mortero.

Laguna Yema.

Hay nombres que recuerdan que, en medio del polvo chaqueño, el agua siempre fue el bien más preciado. Otros recuerdan el monte: Tres Yuchanes, Carboncito. Otros conservan la memoria indígena: Los Chiriguanos, Misión Chaqueña. Y algunos, como La Bomba, recuerdan episodios que nadie debería olvidar.

Octubre Pilagá
Octubre Pilagá

A pocos kilómetros de Las Lomitas, el paraje de La Bomba recuerda que la historia de la Ruta 81 también tiene capítulos dolorosos. Allí, en octubre de 1947, centenares de integrantes del pueblo pilagá fueron perseguidos y asesinados por fuerzas estatales. La última matanza indígena. Uno de los hechos más trágicos y silenciados del siglo XX argentino. Hoy, un cartel de bronce apenas legible recuerda ese episodio que durante décadas solo sobrevivió en la memoria de las familias pilagá.

Las rutas no solo conectan paisajes: también atraviesan memorias.

El ramal c-25 del ferrocarril

Palo Santo, Comandante Fontana, Ibarreta, Estanislao del Campo, Pozo del Tigre, Las Lomitas, Juan Gregorio Bazán, Pozo del Mortero, Laguna Yema, Los Chiriguanos, Ingeniero Juárez. En todos ellos se repite una misma historia: primero llegaron las vías, después la estación, más tarde los almacenes, la escuela y finalmente el pueblo.

El tren dejó de pasar hace décadas, pero basta recorrer la Ruta 81 para descubrir que muchos de aquellos pueblos siguen mirando hacia la vieja estación. La vida continúa organizándose alrededor de unas vías por las que ya no circula ningún tren.

Un 9 de julio en Bazán

Este 9 de julio me sorprende pasando unos días en el camping de Iván en las Lomitas y me invitan a celebrarlo en el pueblo de su padre: Juan Gregorio Bazán. Entre los gritos que celebran la independencia argentina, Pocho lanza un ¡Y que viva Perón, carajo! Así comenzó mi 9 de julio en Bazán.

Un 9 de julio en Bazán
Un 9 de julio en Bazán

El Bañado de la Estrella

Pilcomayo y Bermejo. Ríos que arrastran historias, leyendas y sueños antiguos. Dos ríos y una ruta que forman la espina dorsal del Gran Chaco. Dos ríos que marcan el ritmo en las comunidades del norte argentino. Camino y sustento para los pescadores; seres vivos con memoria para los ancianos indígenas. Dos ríos que alimentan pueblos enteros y que, cuando crecen, también pueden arrebatárselo todo.

Si la Ruta 81 es el camino, el Bañado de La Estrella es la pausa. Aquí los nombres también cuentan historias. Cuentan que el Bañado de la Estrella recibe ese nombre porque, visto desde el cielo, el agua dibuja una enorme estrella sobre la llanura chaqueña. Yo, sin embargo, encontré otra explicación al caer la tarde. Cuando el viento se detiene, el agua refleja el cielo con tanta nitidez que la estrella parece no estar dibujada sobre la tierra, sino suspendida entre el agua y las nubes. Quizá el nombre naciera mucho antes. O quizá solo hiciera falta sentarse a contemplar el reflejo para comprender que, en este rincón del Chaco, las estrellas también flotan sobre el agua.

El Bañado es uno de los ecosistemas más ricos del Chaco. Espátulas rosadas, jabirús, chajás, garzas, biguás, yacarés, carpinchos, osos meleros y hormigueros… Un humedal vivo en el que cada crecida dibuja un mapa diferente, pero si hay una imagen que lo identifica son los champales. Antiguos bosques que quedaron inundados y cuyos troncos secos emergen del agua cubiertos por musgos y enredaderas. El Bañado merece una historia propia. Os la cuento aquí.

El bañado de la Estrella
El bañado de la Estrella

Formosa

Al final de la Ruta 81 no hay un punto final. La carretera desemboca en la ciudad de Formosa, junto al río Paraguay, donde comienza la Ruta Nacional 11. Un camino termina para que otro empiece.

La ruta nacional 81

Durante varios días fui entendiendo que la Ruta 81 no era una carretera más. Cada pueblo me obligaba a retroceder un siglo. A veces dos. Ningún camino nace de la nada. Cada generación hereda el camino de la anterior. La Ruta 81 también.

La 81 no inventó el camino. Solo fue la última capa. Antes que el asfalto estuvieron las vías; antes que las vías, los fortines; y antes que los fortines, los senderos abiertos por los pueblos originarios.

Cuando llegué a Dragones pensaba que iba a recorrer casi setecientos kilómetros. Ahora sé que me equivoqué. Las distancias en el norte nunca se midieron en kilómetros. Siempre se midieron en historias.

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